Cuando lo cotidiano se vuelve lujo: una escena de conciencia de clase en la Ciudad de México
- Arianne León Rivera
- hace 6 días
- 7 Min. de lectura
No voy a fingir que esta reflexión es nueva. La desigualdad en México no se descubrió en una tarde de compras, ni necesitaba un centro comercial para confirmarse. Lo sabemos: en cifras, en historias, en trayectorias familiares, en el precio de la vivienda, en los sueldos, en el acceso a salud, en la movilidad, en el cansancio acumulado de “hacer que alcance”.
Y, aun así, hay escenas que te obligan a mirar de frente lo que ya sabías. No como diagnóstico, sino como experiencia.
La semana pasada, de regreso de una cita médica, pasé a Centro Santa Fe a hacer devoluciones y compras pendientes. Esa tarde de compras me dejó mucho más que bolsas y tickets: me dejó una imagen insistente —y varias preguntas— sobre clase, pertenencia y lo que hoy significa “salir” en esta ciudad.
Caminar por el centro comercial es entrar a un espacio diseñado para “casi todxs”: hay tiendas para distintos presupuestos y, al mismo tiempo, escaparates que parecen escritos para otra realidad. En un mismo recorrido puedes ver lo accesible y lo inalcanzable. Desde prendas de cientos de pesos hasta objetos que no solo cuestan decenas de miles: relojes por arriba de un millón, bolsas, zapatos o ropa por arriba de cien mil.
Vale decirlo desde el inicio: nadie te obliga a comprar eso. Y mi intención no es moralizar el consumo ni señalar a quien compra o desea comprar. Hay opciones más baratas, existen prioridades distintas, hay quien ni se asoma a esas vitrinas. El punto no es el lujo por existir.
El punto es lo que ese lujo revela cuando convive —sin fricción aparente— con lo cotidiano que, para muchísimas personas, se vuelve inalcanzable.
La escena se volvió más nítida cuando me senté a comer algo rápido. No era un plan gastronómico ni una “experiencia”. Era una pausa práctica. Pedí una hamburguesa y una malteada y pagué alrededor de 350 pesos. Y aquí me importa decir algo que, aunque parece obvio, cambia el lugar desde el que se mira: yo iba sola.
Ir sola, incluso con costos altos, es distinto. Me dolió el codo, sí: 350 pesos por un combo que no es nutritivo, ni memorable me pareció un exceso, cuando reflexionas lo que es, pero también es dinero que, aunque me parezca injusto, podía pagar.
Y esa es precisamente la grieta por la que entró la reflexión. Porque lo que para mí fue “me dolió el codo” —un gasto que se siente caro pero que no me deja fuera— para otras personas puede ser el lujo del mes, del semestre o del año. Para algunas familias, una salida como esa es una decisión financiera de alto impacto. Para otras, ni siquiera entra en la ecuación.
Mientras comía vi a una mamá con dos niñas; a su lado, quienes parecían ser una tía y una abuelita. Tenían combos, helados y la coreografía silenciosa de sostener una salida familiar. No tengo forma de saber su historia ni quiero narrarla desde el prejuicio. No sé si esa salida les costaba mucho o poco. No sé si era excepción o rutina. Pero esa imagen —y muchas otras similares— me dejaron pensando y me vinieron varias preguntas que, cuanto más las pienso, más incómodas me parecen: Si estamos conviviendo en los mismos espacios, ¿estamos accediendo a las mismas posibilidades? ¿Estamos habitando el mismo mundo o solo compartiendo el mismo lugar físico?
Porque un centro comercial puede dar la ilusión de “igualdad de acceso”: caminamos por los mismos pasillos, miramos las mismas vitrinas, comemos en el mismo food court. Pero el acceso real no es el mismo. El acceso real depende de si el precio te da igual, te incomoda o te expulsa.
Y cuando el precio expulsa, la desigualdad deja de ser abstracta. Se vuelve una experiencia corporal: cálculo, tensión, culpa, ansiedad, renuncia.
Aquí aparece otra capa que casi nunca nombramos con suficiente claridad y que no todxs experimentamos: cuando hay dependientes económicos, el costo de la vida no se multiplica solo en dinero; se multiplica en carga mental. En un sistema que bombardea con consumo, con ofertas, con expectativas de “aprovechar”, con la idea de que toda salida tiene que justificarse, sostener una experiencia familiar se vuelve una negociación permanente entre presupuesto, deseo, cansancio y pertenencia.
Y lo cotidiano —algo tan básico como sentarte a comer fuera, aunque sea “rápido”— empieza a funcionar como marcador de clase.
No porque una hamburguesa defina a nadie. No porque una malteada sea “el problema”. Sino porque en esas pequeñas transacciones se nota quién puede pagar sin pensarlo y quién tiene que pensarlo todo.
Lo que me inquieta de esa escena no es solo el precio de la comida. Es el ecosistema completo: los estímulos, el “aprovecha”, el “date”, el “cómpralo”, el “te lo mereces”, el “haz que valga la pena”. Es la presión constante de que pertenecer está asociado a consumir.
Y entonces me regreso al contraste inicial: relojes por arriba de un millón, bolsas y zapatos de seis cifras. No por condenarlos moralmente, sino por reconocer lo que implican simbólicamente cuando están al lado de vidas que hacen cuentas para pagar estacionamiento o algo básico como es comer.
En este punto recuerdo una conversación con un amigo experto en moda. Me decía algo que incomoda por lo evidente: muchos de esos precios no se explican por materiales ni por calidad real. A veces ni siquiera son materiales naturales. Lo que se compra —en muchos casos— es el símbolo: el nombre, la pertenencia, la promesa de estar dentro.
Y entonces la pregunta cambia de lugar: ¿Cuánto de lo que buscamos es el objeto y cuánto es el estatus que el objeto promete? ¿Qué estamos formando como sociedad cuando el consumo funciona como pasaporte de pertenencia?
Esto también se conecta con algo más estructural: hoy, por ejemplo, comprar una casa se volvió un horizonte casi imposible para muchísimas personas si no es con un crédito. Y aun con crédito, cada vez más gente queda fuera: por ingresos insuficientes, por informalidad, por tasas, por requisitos. Cuando lo estructural se vuelve inaccesible, lo cotidiano se carga de significado. Un desayuno, una comida rápida, una salida: pequeñas cosas que te recuerdan que “hacer vida” cuesta más de lo que muchos sueldos permiten.
Aquí la reflexión se vuelve inevitablemente política y jurídica. Porque desde una mirada de derechos humanos, la desigualdad no es solo “diferencia”: es un problema de justicia. El Estado tiene obligaciones de no discriminación, de garantizar derechos económicos y sociales, de progresividad, de generar condiciones reales para una vida digna. No basta con decir “la gente elige” cuando las elecciones están determinadas por estructuras: salarios, costo de vida, acceso a servicios, redes, tiempo, seguridad.
Pero tampoco se trata de poner toda la carga en “el gobierno” como si el resto de la sociedad no participara en lo que reproduce. México es también una sociedad clasista. Hemos aprendido a traducir valor humano en consumo visible: la marca como señal de pertenencia, el lugar donde comes como marcador social. La pertenencia se compra, y quien no puede comprarla queda fuera de ciertas conversaciones, de ciertos espacios, de ciertas “normalidades”.
Y ahí aparece otra pregunta incómoda que se me quedó clavada mientras veía esas mesas con familias: ¿de verdad queremos movernos de clase para pertenecer a esa lógica? ¿Qué significa “avanzar” en un mundo donde avanzar se mide en consumo? ¿Qué cuesta, en lo humano, sostener esa pertenencia?
No solo en dinero. En cansancio, en deuda, en estrés, en ansiedad, en la sensación de que siempre vas tarde.
En esa misma semana, hablando con mi mamá, surgió otra idea que también se ancla en esto: estudiar importa, sí. La escuela cuenta, el conocimiento transforma. Pero cada vez es más evidente que ya no es suficiente. La educación sigue siendo relevante, pero ya no garantiza movilidad por sí sola. Porque el sistema se reorganizó: importan redes, capital social, contactos, estabilidad, tiempo, margen de error. Y cuando ese margen no existe, “avanzar” no depende solo de talento o esfuerzo; depende del lugar desde el que partes.
Entonces, ¿cómo se “sale” de una clase social? ¿Por qué insistimos en narrar la desigualdad como un asunto de voluntad individual? ¿Qué significa hablar de mérito en un país donde, para muchxs, el mérito es sobrevivir sin endeudarse, llegar al trabajo, sostener cuidados, resistir precariedad?
Aquí entra el círculo vicioso que a veces incomoda mencionar: los salarios.
Si el costo de vida sube y los ingresos no alcanzan, no solo sufre quien menos tiene. También se aprieta la clase media, también se precariza la estabilidad. Y en medio de eso aparecen decisiones éticas difíciles: pagar lo justo, ofrecer condiciones dignas, sostener empleos.
Pienso, por ejemplo, en las personas trabajadoras del hogar. No todas las familias emplean a alguien, y para muchas es impensable. Quienes sí lo hacen se enfrentan a una tensión real: ¿cómo pagas de manera justa si tú mismx estás inmersx en un sistema donde “no alcanza”? ¿Cómo sostienes dignidad laboral sin replicar la lógica de “te pago lo que puedo” cuando lo que puedo está determinado por un mercado laboral que precariza?
No digo esto para justificar el pago injusto. Al contrario: lo digo para mostrar cómo el sistema empuja hacia una normalización de la injusticia. Se vuelve “necesario” tener trabajo, aunque sea mal pagado. Se vuelve “necesario” contratar, aunque no puedas ofrecer condiciones dignas. Se vuelve “necesario” aceptar, aunque sea explotación. Y así el círculo se alimenta: necesidad, urgencia, precariedad, endeudamiento, desigualdad.
¿Quién falla ahí? ¿Fallamos como sociedad por un clasismo que insiste en “pertenecer” aunque sea a costa de otrxs? ¿Falla el Estado por no garantizar igualdad sustantiva, por no generar condiciones reales de vida digna, por no regular de manera efectiva? ¿Falla un mercado que se presenta como neutral, pero se sostiene en desigualdades históricas? ¿Fallamos todxs cuando normalizamos que lo común sea privilegio?
No tengo una respuesta cerrada. Me interesa más sostener las preguntas, porque creo que ahí empieza algo: en la incomodidad que no se resuelve con frases rápidas.
Porque sí: un centro comercial puede parecer un “mismo mundo”, porque “hay para todos los presupuestos”. Pero no lo es. No para todxs. No de la misma manera. Esas frases se rompen cuando miras la vida completa. ¿Hay acceso real para todxs a salud, vivienda, descanso, seguridad, alimentación digna, tiempo?
¿Hay condiciones reales para salir de la precariedad sin pagar un costo humano desproporcionado? ¿Hay una estructura que te permita vivir sin que lo cotidiano se convierta en lujo?
Lo que me dejó pensando aquella mesa —la mamá, las niñas, la abuelita, la tía— no fue una historia individual. Fue un recordatorio de que en esta ciudad hay quienes “están” con facilidad y quienes “están” con esfuerzo; quienes consumen sin calcular y quienes calculan para poder estar; quienes tienen margen y quienes viven al día.
Y quizá esa es la invitación de esta reflexión: no moralizar el consumo, no romantizar la precariedad, no culpar a quien sobrevive, pero sí mirar la estructura y preguntarnos qué estamos formando. Qué tipo de sociedad construimos cuando la pertenencia se compra, cuando lo cotidiano se vuelve lujo, y cuando la vida digna parece un objetivo que se pospone indefinidamente.
Por supuesto que no estoy descubriendo el hilo negro, ni es tampoco algo de lo que se hable poco. Pero nombrar la escena, hacer la pausa y preguntar “¿para quién está diseñado esto?”, en un sistema que nos entrena para pasar, pagar y seguir sin mirar alrededor, detenerse a mirar ya es un acto de conciencia y resistencia.


