No voy a fingir que esta reflexión es nueva. La desigualdad en México no se descubrió en una tarde de compras, ni necesitaba un centro comercial para confirmarse. Lo sabemos: en cifras, en historias, en trayectorias familiares, en el precio de la vivienda, en los sueldos, en el acceso a salud, en la movilidad, en el cansancio acumulado de “hacer que alcance”. Y, aun así, hay escenas que te obligan a mirar de frente lo que ya sabías. No como diagnóstico, sino como experiencia.